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lunes, 10 de mayo de 2010

Josefina Carabias y el Topo

La entrevista con el Topo -véase en este mismo blog Topo de la Guerra Civil- produjo entre otros curiosos artículos como éste de Josefina Carabias

LOS SECUESTRADOS EN ANDALUCÍA
Escribe JOSEFINA CARABIAS

Tal vez la noticia nos ha hecho más impresión por haberla conocido durante una de las mañanas más radiantes y perfumadas que se hayan visto, incluso en este rincón paradisíaco. Algunos señores mayores con acento de por aquí, la comentaban en la playa mientras leían, a la sombra, el periódico local:
—¡Ya van lo menos tres casos!, y todos en Andalucía,¿No le parece a usted curioso?
—Lo que me parece es mucho más triste que si hubiera ocurrido en otro sitio. Andalucía la hizo Dios para vivirla en la calle, en verano y en invierno. Tomando el sol o tomando la sombra. Es lo que yo digo; las cosas no se disfrutan aquí a gusto nada más que durante el rato de la siesta...
-Hablaban del caso de don Francisco García el "autosecuestrado" de Córdoba, que acaba de presentarse a las autoridades tras haber pasado treinta y tres años oculto en su propia casa, sin más complicidad que la de una hermana y algunos otros miembros de su familia.
Hace varios meses, se tuvo noticia de un caso parecido. El del antiguo alcalde de Mijas, un pintoresco pueblo serrano de esta comarca. Aunque no está bien hacer comparaciones entre unos sufrimientos humanos y otros, permítaseme decir que el caso del cordobés me parece todavía más desgarrador que el del malagueño, hombre casado que soportó el encierro atendido por su mujer y sus hijos.
Con expresión inteligente, el pelo liso bien estirado hacia atrás —a la moda de entonces— dejando al descubierto una frente despejada. Las gafas de concha, que ningún hombre evitaba ponerse, en aquella época sí le hacían falta puesto que prestaban un aire más viril e intelectual, le caían bien a Francisco García. En fin, por la foto de entonces publicada ahora se ve que era un muchacho de los que en 1936 tenía todo el éxito que quisiera con las chicas.
Pero a eso y a todo debió renunciar al esconderse. Le buscaban porque había sido concejal socialista, una "figura de delito" que en el mundo actual parecerá ridícula, pero que, en los primeros momentos de una conmoción como aquella, parecía enorme.
Hoy, cuando, por fortuna, están ya olvidadas cosas mucho más graves, es fácil caer en la cuenta de que el pobre secuestrado no debió de ser una pieza muy importante en la guerra.
Basta recordar que en Córdoba, la resistencia contra el Movimiento Nacional fue prácticamente nula. Todo se resolvió en unas horas el primer día.
Francisco García ha salido de su encierro con cincuenta y cinco años. No ha perdido su buen aspecto y, comparando la foto de ahora con la antigua, se le reconoce en el acto. Pero, todas las ilusiones de la juventud quedaron sepultadas en la carbonera donde pasó tantos actos los primeros años y en los pasillos del piso por donde deambulaba horas y horas, a partir del momento en que un médico —que la familia fue a buscar muy lejos a fin de no romper el secreto— le dijo que, para su salud, necesitaba dar paseos largos.
—Cuando ya llevaba veintisiete años encerrado, salí por primera ves a la calle —ha dicho don Francisco al periodista Eladio Osuna de "Sol de España"— y noté que apenas sabia andar, a pesar de haber hecho ejercicio en casa. Luego, seguí saliendo, pero siempre temiendo que me reconociera alguien. Siempre de prisa y con miedo. ¡Qué diferencia de ahora que puedo recorrer mi ciudad despacio, pararme donde quiera, sentirme libre...!
Lo malo es que don Francisco tiene úlcera de estómago —¿qué menos puede tener después de esa vida?— y ahora teme morirse, en vista de que no quiere desairar a los amigos y conocidos que constantemente le convidan a cerveza, mariscos, frituras y le alargan cigarrillos y hasta cigarros puros con sortija. Tan contento está que hasta se casaría de buena gana. Pero resulta que sus contemporáneas no le dicen gran cosa. Las que a, él le gustan son las jóvenes que, dígase lo que se diga, no son tan distintas de como eran las últimas que él trató antes de encerrarse, un poco más cortas de falda, pero eso es todo. En 1936 ya usaban las chicas pantalones, melenas flotantes y jerseys de colores alegres.
* * *
Hará cosa de nueve o diez años, el escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre, estrenó en París una obra de teatro titulada "Los secuestrados de Aliona", que hizo gran impresión. Refería el caso de un oficial alemán, durante quince años encerrado en el castillo de su familia, por evitar las represalias de la posguerra. Sartre hizo una especie de tragedia griega, en vista de que su temperamento y el del protagonista alemán resultaban mucho más enrevesados que los de estos andaluces que han sabido soportar con paciencia y sencillez una situación mil veces más triste.
Téngase en cuenta, en primer lugar, que el clima de Prusia no es el de Córdoba ni el de Málaga. Así, un prusiano normal, es decir, sin las complicaciones de los personajes de Sartre, podía haber llevado una vida plácida metido en su castillo, echando leños en la chimenea y oyendo retumbar el huracán fuera. Pero, pasarse treinta y tres inviernos y treinta y tres primaveras encerrado en Córdoba, sin tomar el sol ni la brisa del Guadalquivir, ni Sierra Morena, sin salir a oler los jazmines ni los azahares, ha sido mucho peor.
Sin embargo, aquí hay quien ya compadece menos a don Francisco García: se han enterado de
que, desde hace ya algunos años tenía su televisión en casa, como cada hijo de vecino.

Publicado, entre otros, en El Ideal de Granada el 30 de agosto de 1969
En la foto, casa donde estuvo escondido. En el cartel de cine se lee el título de la pelicula. "Todos los hermanos eran agentes"

lunes, 25 de mayo de 2009

Un topo cordobés de la Guerra Civil


Precisamente en el Sol de España apareció en agosto de 1969 esta entrevista que, ocupando toda la contraportada fue mi primer scoop (pisotón o exclusiva en el argot)

EXCLUSIVO


FRANCISCO GARCIA
OTRO ESPAÑOL QUE ESCOGIÓ LA AUTOCONDENA

EN 1936 FUE CONCEJAL DEL AYUNTAMIENTO SOCIALISTA DE CÓRDOBA





El calor de Córdoba es in­soportable en este mes de agosto Y si a la redacción llegan noticias como esta, el desasosiego llega a su punto máximo.
Un hombre, un español, ha estado oculto en su domicilio durante 33 años, doce mil días viviendo con la psicosis del miedo. Horas de inquietud, de tedio, de deseos. Doce mil días de una vida ocupada en ocul­tarse.
Una calle, como tantas de Córdoba, ha sido el mundo de un hombre que tras la per­siana y resquicios de las ven­tanas observaba a sus seme­jantes andar alegres e indi­ferentes de unos ojos anhe­lantes de libertad, de gozar la de ser como los demás.
Me acompaña Paco Gálvez, colaborador habitual del pe­riódico, porque necesito un apoyo, un elemento de con­traste en la entrevista que voy a sostener.
En los buzones del portal no figura el nombre de don Francisco García González. Es ló­gico. Hay una escalera, a la derecha, una puerta. Llamo y una mujer me contesta que no sabe nada.
«Pregunte ahí arriba, a ver».
Arriba hay una puerta de cristales y una ar­golla para tocar una campa­nilla.

—Don Francisco no está, pero a las nueve es posible que...

A las nueve, un hombre al­to y delgado, con cierto ti­tubeo me dice:

—«Soy yo, pasen ustedes».

Una casa modesta, pero muy limpia. Una mujer está tam­bién, es doña María Luisa, hermana.

—Pero por favor. Siéntensen. En la comisaría me di­jeron que nadie vendría.
—Sí, pero ya sabe que los periódicos...

—Bueno, pero por favor no se excedan, y lo que quiero es empezar.

—Don Francisco, estamos en 1936, usted tiene 22 años, ¿qué pasa?
—El 18 de julio estalla el Movimiento, yo era concejal del Ayuntamiento socialista, y me escondo.

— ¿Por qué?
—No sé, el instinto de con­servación, el miedo, no sé, to­do eso junto.

—¿Quién le ayuda?
—Los familiares solamente.

Doña María Luisa asiente con la cabeza. Sabe muchas cosas, todo. Ella no se ha ca­sado. Sus ojos tienen el bri­llo de una entrega. Una en­trega al servicio de su her­mano. Pero no dice nada.

—¿Dónde se escondía? .
—Al principio, en una carbo­nera. Cuando venían a buscar­me me metía dentro, y ellos se iban por la puerta trasera. Mientras, mi madre, delante de la puerta cocinaba. Des­pués, tras los primeros años, ya no venían. Estaba más tran­quilo.

— ¿Sentía ganas de escapar, de irse?
— ¿De ir dónde?

Se ríe y mueve la cabeza, añade.

—Claro que sí, como todo el mundo que hubiera estado en mi situación. Esto era te­rrible, pero ya pasó.

— ¿A qué se dedicaba «ahí dentro»?
—Mi profesión es platero, y ayudaba desde esta habitación a mis hermanos. Soy orífice y hacía piezas.

— ¿Cómo pasaba las fechas entrañables, Navidad por ejem­plo?
—Con mi familia. No había nunca ningún extraño en ella.

— ¿Salió alguna vez de su escondrijo?
—Sí, la primera a los 27 años de encierro. Salí a res­pirar, porque estaba enfermo. Me vio el médico —sin saber quien era yo— y me recono­ció congestión, trastornos ner­viosos. Me recetó caminar, pa­searme. Así que estos últimos años he salido casi a diario.

—Por favor, cuéntenos su primera salida.
—Fui hasta Santa Marina, y no sabía andar. Aunque es­te piso es muy grande no estaba acostumbrado. Resumiendo que pasé por un cine cuando salía la gente y tan absorto iba a mi problema, en que no me reconociera nadie, que no oí un triciclo que venía de­trás haciendo mucho ruido. Los nenes que lo conducían se reían mucho y me llamaron sordo.

— ¿Oía la radio?
— Sí.

— ¿Qué opinión le merecía lo que oía?
—Oía sólo música, me distraía. No quería pensar en na­da del pasado.

— ¿Y la T.V?
—La primera vez que la vi, hace muchos años, en un es­caparate de una tienda. Por cierto que se veía muy mal. Era el comienzo. Después me ha ayudado mucho.

— ¿Conoce el desarrollo es­pañol?
—Sí, a través de la Pren­sa.

— ¿Por qué era usted so­cialista?
— Mire, no quiero saber na­da del pasado. Quiero empe­zar. Olvidar todo aquello. Soy apolítico. Quiero empezar y trabajar. Redimirme.

Don Francisco se emociona, se le cargan los ojos de sen­timiento, Cambio el tema.

— ¿Cómo era la juventud de entonces?
-—Diferente. La de ahora es mejor. Más feliz. Estoy muy contento. Yo lo que quiero es empezar, trabajar.
—Me sentía amigo de todos desde allí arriba, conozco a to­dos los del barrio. Ahora que estoy aquí es cuando me voy a morir. Porque tengo úlcera y todos me invitan a cerveza, y a fumar. Estoy muy conten­to y no sé cómo agradecerles todo esto.

— ¿Qué ha sido lo primero que ha hecho al darse a cono­cer?
—Pasear, sentirme libre, re­correr la ciudad despacito.

— ¿Qué le ha parecido?
—Más grande, más hermosa, no sé, más...

— ¿Conoce al alcalde de Mijas?
—Sí, por el periódico.

— ¿Por qué no se ha pre­sentado antes?
—Porque no sabía lo del de­creto.

— ¿Qué le dijeron en la co­misaría?
—Me acogieron muy bien.Yo pensé que iban a estar más secos. Tuvieron muchas aten­ciones. Estoy muy agradecido a todos.

— ¿Tiene ya su documento de identidad?
—No. Me lo están tramitan­do. Aquí tengo el resguardo, pronto me lo darán.

— ¿Qué es lo que más le ilu­siona ahora?
—Empezar. Tener trabajo, empezar a resacirme del en­cierro. Trabajar, y poder de­volverle a mi hermana todo lo que ha hecho por mí.

— ¿Qué le gustaría decir a la gente?
—Quiero pasar desapercibi­do, pero quiero también agra­decer lo bien que se están por­tando conmigo.

Este es el hombre. Su her­mana nos quiere invitar, pero denegamos porque queremos tomar una cerveza con don Francisco abajo, en el bar, en la libertad. Allí están los ve­cinos. Unos lo conocen ya, y lo reciben con cordialidad con simpatía. Otros aún no saben quién es. El sí los conoce. Pe­ro tras la persiana.
Don Francisco es un hom­bre feliz. Entre bromas nos cuenta cosas íntimas trágicas de su encierro. Pero se sien­te joven. Quiere empezar que es lo importante.

— ¡Hasta sería capaz de ca­sarme! Pero lo veo difícil por­que no me gustan las de mi edad. Y las jovencitas no son para mí.

Un hombre ha nacido a la vida. Una hermana se siente feliz. Un ser humano que bus­ca desesperadamente trabajo, porque quiere vivir honrada­mente. Rendir. Es un hombre que vuelve a la sociedad de donde salió un día, y hay que hacerle sitio. Porque tiene que vivir. Porque tiene derecho a vivir como los demás. Porque ya es de los demás.

Eladio OSUNA


Publicado en el Sol de España el 26 de agosto de 1969